Jorge Aguirre Charvet

Blog para la reflexión sobre la actualidad, el periodismo y la comunicación Email: jaguirrech@gmail.com Quito - ECUADOR

6/06/2006

 

El más grandioso espectáculo del cine sigue dando de que hablar

Nota del Editor: Hace un año, en junio de 2005, a pedido de mi buen amigo Rodrigo Villacís, escribí el artículo que sigue sobre aquella forma excelsa de comunicación que constituye el cine. Ahora lo ingreso en mi blog para fines didácticos.

El aparecimiento del cine, hace algo más de un siglo, marco a más de una generación y con méritos recibió y aun ostenta, el calificativo de séptimo arte. Su espectacularidad y la capacidad que tiene para entretener a hombres y mujeres de todas las edades, desbordó a otras actividades humanas como el intercambio simple y llano entre personas, el deporte, los viajes o aquella de reunirse en rueda de amigos o de familia para escuchar ese otro famoso producto de la inventiva humana, la radio.
En nuestro país, al igual que en el resto del mundo, el aparecimiento del cine y su desarrollo coincidió, generacionalmente hablando, con la de nuestros padres y abuelos. En el campo y las ciudades, se convirtió en un verdadero rito aquel de “ir al cine”, los domingo o días de estreno en las grandes urbes y, en los pueblos, cuando el sonar de la campana, la sirena o alguna otra forma de convocar a la población, le hacía saber que había llegado la película y era mal visto el no concurrir para admirarla.
El cinematógrafo formó autenticas riadas de cinéfilos -gran cantidad de los cuales aun sobreviven- que podían dejar de comer pero que no podían perderse la última cinta de sus más admiradas estrellas, que igual les hacían llorar que reír, pero que, de todas formas, les divertían. Primero fue el cine mudo al que en la penumbra daba un fondo musical un pianista, luego llegó al sonido y, poco después, el color, que se combinaron grandiosamente hasta llegar al fenómeno envolvente de la actualidad.
A la fecha, nuestros abuelos, de resucitar, quedarían sorprendidos de la sorpresa que les produciría el descubrir que la gran sala de cine puede hoy trasladarse con facilidad a cada una de las casas o departamentos en que vivimos, gracias a los cada vez más sofisticados artilugios y aparatos, que reproducen por igual cintas clásicas almacenadas en unos frágiles discos plásticos que simulan ser de metal o el último estreno y que pueden ser adquiridas con facilidad en calles y veredas.

Los efectos especiales

Pero el cine, en si, ha cambiado y en forma espectacular. La forma épica como el ruso Sergi Eisenstein filmó en 1925 su Acorazado Potëmkin se me viene a la memoria. El tema de los efectos especiales aún estaba por descubrirse y desarrollarse y los directores de la época se veían en figurillas para contar en lenguaje cinematográfico acontecimientos de magnitud. Improvisaban procedimientos, jugaban con la inventiva y magistralmente trasladaban al espectador lo que querían relatar, provocando las sensaciones que querían provocar.
Ahora la ciencia de los efectos especiales es ampliamente conocida y cada día se descubren nuevos modos y maneras para aplicarlos. La cinta Viaje fantástico, aquella en la que un grupo de investigadores penetran en un submarino al interior de un cuerpo humano -tras ser convertidos en un corpúsculo totalmente invisible, lógicamente- es un clásico de los efectos especiales, ya que sus expertos montaron una escenografía especial copia perfecta de la anatomía interna de un hombre cualquiera.
Toda la saga de Parque jurásico, Viaje a las estrellas y Harry Potter, por mencionar solo tres ejemplos, abruman al espectador por la diversidad y encanto de los efectos especiales que se usan. Son escenas clásicas aquella del mago infantil Potter, en la que con sus amigos “viaja” raudo por las nubes en un automóvil compacto o aquella en la que juegan en el aire un partido de polo, montando, en lugar de en centauros voladores, en vulgares escobas, como aquellas que se adjudica son de uso exclusivo de las brujas.
Tras ver esos engendros fantásticos del cine, aquel que vive por y para el cine, debe mantenerse atento. En cualquier momento canales temáticos de la televisión de cable, presentan reportajes especiales bajo la denominación genérica de Como se filmó…….(tal o cual película) y viéndolos cualquier mortal descubre admirado, sin moverse de la casa, como se llevó a la pantalla tal o cual escena que raya en lo imposible.
En Golden Eye, de la saga de James Bond, el actor Pierce Brosnan salta en motocicleta desde un enorme acantilado y tras desmontar de su caballo de metal ocupa el único asiento de una avioneta que se iba a pique sin pasajeros y logra salvarse. En Die another day, de la misma serie, un complicado mecanismo convierte a la noche en día, utilizando la tecnología satelitaria combinada con espejos reflectantes que reorientan el fulgor del sol.
En esas y en una enorme cantidad de cintas, si no en todas, la presencia de los efectos especiales es una constante permanente, como lo son la de los extras, aquellas personas y también animales que en escenas de riesgo reemplazan a las primerísimas figuras. Y el uso de los extras tiene su explicación en las enormes inversiones que se realizan para filmar una película y que no pueden peligrar porque el artista estelar sufra una rotura en uno de sus miembros o simplemente fallezca y todo se tenga que cancelarse con la pérdida consiguiente, pero del dinero.
Perdón, perdón, me aparte del tema, pero es casi imposible no dedicar unos cortos párrafos a aquello en que se ha convertido el cine primitivo de los hermanos Lumière y de Thomas Alva Edison. Plataformas -al decir de los técnicos- como el programa Adobe After Effects son utilizados para jugar con las imágenes y darles las más insospechadas características, asombrando al espectador que se hunde en su butaca porque -literalmente- el cielo se le cae encima.
Es que a los efectos especiales, es decir al juego que se hace de imágenes y sonidos para mejorar una toma determinada, se une el recurso informático que trastoca todo y que, si es necesario, reemplaza al elemento humano, hombre o mujer, por entes fabricados por la computadora que circulan por el escenario haciendo todo aquello que el entendido que la maneja quiera que haga o diga. Y a todo eso se suma recursos de sonido como el Dolby Digital o la multiplicidad de parlantes interconectados que conmueven por completo sin ser escandalosos.

Y las nuevas tecnologías

Una película reciente -Simone- que muchos la consideran irreal, es el mejor ejemplo de lo dicho. Un director frustrado interpretado por Al Pacino, cansado de la superficialidad y banalidad de las artistas de carne y hueso, fabrica con la computadora una perfecta y a su gusto y la convierte en la preferida del mundo entero. Es que con la computadora las arrugas desaparecen y la vejez no existe, aunque si el argumento lo precisa, esas realidades-irreales pueden trastocarse.
En el pasado se decía que los ejecutivos de la Avenida Madison, en Nueva York, en donde se ubican las oficinas de las principales agencias de publicidad, eran los culpables de los gustos o aficiones del público consumidor en el mundo entero. Hoy son Bill Gates de la Microsoft, Steve Jobs de la Apple o los habitúes del Valle del Silicón en California, los que con sus recursos tecnológicos nos conducen a mundos fantásticos o, simplemente, inexplotados.
Y no solamente están en los Estados Unidos los que han convertido al espectáculo del cine en el asombroso espectáculo que es hoy. Muchas películas son filmadas con técnica existente en países tan disimiles como Japón y Hungría y en la última edición de los Premios Oscar, una grúa fabricada por un alemán en la República Checa, recibió la estatuílla dorada. Brasil, en tanto, es un emporio de la industria del cine pornográfico y los chinos producen un cine igual de fantástico.
En el interregno, aquí, las grandes salas de cine se quedaron sin público. El ir al cine pasó de moda, primero por culpa de la televisión que llevó a la comodidad del hogar, el espectáculo total de la imagen y el sonido y, muy recientemente por el impacto de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información, “tics” como las dicen, focalizadas en el betamax, el VHS, la computadora, el VCD, los portátiles, las palm y hasta el celular y el reloj de muñequera.
A la fecha los grandes puntos de reunión citadinos para ver cine se han convertidos en centro de culto de iglesias evangélicas y similares, que compiten en concurrencia con los grandes templos católicos -construídos esos sí para rezos y devociones- los que poco a poco han ido perdiendo asistentes, en especial jóvenes y niños, ya que únicamente son ancianos o gente de edad madura los habitúes de los otrora imanes que atraían a muchedumbres anhelosas de oír a sacros oradores o asistir a ceremoniales majestuosos.
En Quito el fenómeno es muy singular: entre las pocas salas que sobreviven de la época dorada del cine, están dos que se especializan en el cine para adultos o triple X y cuyos habitúes son, en gran número, menores de edad que concurren a esos antros que muy pocos no han visitado por lo menos en una ocasión en su vida, para aprender o desaprender los comportamientos solitarios, en pareja o en grupo, que caracterizan a la especie humana en su difícil tránsito por la tierra.
Las salas que exhiben el mal llamado “cine para adultos”, obtienen pingues beneficios y eso les permite importar material nuevo de las grandes centros de esa industria o repetir viejas cintas, cuyo atractivo se mide por la mayor o menor prodigalidad en mostrar redondeces o recovecos, abultamientos o excrecencias; por el vocabulario atrevido o en segundo sentido; por el humor subido de tono y extremadamente picaresco. En resumen, un cine que, aunque bastante mediocre, tiene su público con derecho a gozar de él.
Mientras tanto ha eclosionado un muy particular centro de exhibición de cine del bueno. Por un lado han aparecido salas en las que se presentan películas no comerciales y de grandes directores, que tienen su público, al que atrae el cine artístico y de buen gusto y no los bodrios que combinan su espectacularidad con argumentos repetitivos, sobre los conflictos entre el bien y el mal, el amor y el desamor, la fuerza y la debilidad, la alegría y la tristeza, la amistad y la soledad, etc.
Otros centros de reunión para ver cine son aquellos que combinan, simultáneamente, salas pequeñas en las que se proyectan, al mismo tiempo, diferentes películas en las que el negocio no deriva de lo cinematográfico sino de dar de comer. El balance de utilidades registra en menor porcentaje el rubro de los boletos vendidos, en tanto que las utilidades voluminosas provienen de los renglones relacionados con las ventas de palomitas de maíz, bebidas, emparedados o los más diversos dulces y confites.
Los fines de semana, esos multi-cines, en las cuatro puntos cardinales de la ciudad, reciben la visita de enormes cantidades de gente, que aprovechan para entablar amistades, intercambiar impresiones, observar o censurar modas o formas de vida, consumir las más diversas especialidades de la comida basura y, en último termino, para mirar la más reciente película enviada por los grandes centros de producción de cine y que se estrenan simultáneamente en diferentes rumbos y países.

El cine al alcance de todos

Al mismo tiempo en cientos de hogares, la misma película puede ser vista por grandes y chicos en sus DVD o computadoras. Una multitud de vendedores recibieron con anticipación, de centros clandestinos de distribución, los CD´s con el último estreno para comercializarlos en abundancia a precios mínimos en comparación con aquellos que cobran las salas públicas de exhibición. El tráfico ilegal de se tipo de cine se hace a vista y paciencia de las autoridades y, muchas veces, muy cerca de sus oficinas y dependencias.
Lo ocurrido con La pasión de el Cristo de Mel Gibson en 2004 o con La venganza del Sith de la saga de Star Wars en 2005 fueron sucesos notables que marcan la pauta de los tiempos que se viven. En su momento, ambas películas aún no habían sido estrenadas en los Estados Unidos, pero ya podían alquilarse o comprarse localmente copias que, aunque no perfectas, permitían hacerse una idea de lo que la película relataba y como y con medios se lo hacía. El tráfico bajo cuerda de esos materiales es increíble, sin que nadie haga cosa alguna para enfrentarlo.
Quien tiene al cine y después a la buena música como sus principales aficiones, ha encontrado en la industria del CD ilegal la fuente de tempranas emociones. En su tiempo se leía sobre la espectacularidad de la película Los diez mandamientos o sobre la sonoridad del último simple de Burt Bacarach que a nuestros países llegaban tarde, mal o nunca. Ahora accedemos rápidamente a El painista de Roman Polanski en cine o al más reciente éxito de Toby Keith, en música y, es preciso reconocerlo, a precios cómodos en nuestra dolarizada economía..
Pero respecto a las primeras, hay películas y películas y hay que saber donde comprarlas. Las adquiridas en veredas o de ambulantes son oscuras porque han sido grabadas subrepticiamente en grandes salas de cine del país o del extranjero. Quien las compra corre el riesgo de ver de improviso cruzarse en la pantalla a espectadores, oír toses, risas o quejidos o asombrarse al escuchar gritos repentinos, extraños por completo al filme, pero cuyos responsables son vecinos de quienes, cámara en mano, graban el filme en la oscuridad de una sala.
Los negocios bien asentados de venta de películas piratas, lo hacen con material de mejor calidad, porque de lo contrario el comprador que constate un producto malo o deficiente regresará a reclamar. Esos negocios -con mejor tecnología- bajan u obtienen las películas del Internet o copian y distribuyen -asómbrese el mundo- cintas que fueron editadas para concursos de cine, compañías de aviación o centros especializados de exhibición, lo que se evidencia en leyendas que cada cierto tiempo se muestran en la película.
Y así, el más grandioso espectáculo del cine sigue dando de que hablar y nunca dejará de hacerlo.
© Jorge Aguirre Charvet, 2006

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